Entré en aquella cafetería iluminada en medio de la noche. En cuanto empujé las puertas de cristal, un ambiente cálido me rodeó, contrarrestando el frío de afuera. Me senté en una de las butacas del medio, donde pudiera observar al resto de personas -aunque no parecía que fuera a entrar alguien con ese frío y a esas horas- y pedí un café.

Cuando me llevé el vaso humeante a los labios, un viejo canoso y poco aseado irrumpió en medio del lugar gritándonos que estábamos acabados.

Cinco años antes me encontraba con mi amigo Mike en el césped de la entrada de nuestra residencia de estudiantes. Era una noche sin nubes y mirábamos admirados las estrellas que parecían brillar muchísimo acompañando nuestra velada.

-¿Sabes que molaría? -me decía él- Que un día todo cambiase sin previo aviso.

-¿A qué te refieres? -le pregunté yo.

-Hazme caso tío, llegará un día en el que estalle una revolución y nos pille a todos con los pantalones bajados-

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