Revolví otro estante de libros sin resultado. “Nada” pensé para mis adentros. Suspiré. La bibliotecaria me mandó a callar furiosa a la vez que se llevaba el dedo índice a los labios. Le estaba sacando de quicio y si, según ella, seguía armando ese jaleo, me sacaría de allí. No podía jugármela, pero estaba desesperada. Resoplando, pasé por su lado arrastrando los pies a paso lento mientras  me fulminaba con la mirada desde detrás de su mostrador. Le observé. No me intimidaba en absoluto, es más, ¿desde cuándo una bibliotecaria era silenciosa? ¿En qué mundo me había metido?

La mujer señaló los cristales de fuera y me dijo:

-Si no quieres que te caiga toda esa lluvia encima, más vale que te estés quietecita-

El día seguía gris y diluviaba. No había cambiado lo más mínimo y parecía que no fuera a hacerlo. Sonó un trueno después de una luz que me deslumbró. Ese había caído cerca.

Me giré dándole la espalda a la maldita funcionaria acercándome a otra estantería, justo al lado de la zona reservada para los señores que leían el periódico. Un chico alto a mi lado colocaba un libro. Junto a él, vi el lomo turquesa de uno de ellos que relucía sobre los demás. ¿Sería ese? Me puse de puntillas y alargué el brazo todo lo que pude. El chico soltó un ruido similar a una risa, solo que más grave.

-¿Necesitas ayuda?- me preguntó mostrando sus dientes.

Le miré con mi mejor cara de odio segura de que la señora que ahora colocaba etiquetas en unos ejemplares bastante gastados habría estado orgullosa de mí. No me dejó tiempo para responder, alargó su mano y lo tomó. Me lo entregó con una sonrisa cálida. Le devolví la mirada seria a la vez que lo cogía. Nuestros dedos se rozaron por un segundo.

-Me llamo ___, ¿y tú?- me preguntó. Ni siquiera oí su nombre. Mis pensamientos se vieron invadidos por una alegría repentina que no cabía en mí. ¡Por fin lo había encontrado! Ignoré al chico y abrí el libro por ninguna página en concreto. La búsqueda había acabado.

-Parece que tenías muchas ganas de coger ese libro- me miraba mientras seguía sonriendo. ¿No se cansaba de tanto reír?

Seguí sin mirarle mientras el libro empezaba a brillar. Una mano se posó sobre él provocando que mi asombro desapareciera. Levanté la cabeza y le observé. El muchacho ahora estaba serio.

-No puedes llevártelo- su voz era solemne. Me dieron ganas de preguntarle de qué iba pero me quedé sorprendida de lo sombrío que se había vuelto el ambiente.

El ruido de unos tacones se acercaban hacia nosotros.

-Vosotros dos, fuera de aquí-.

Ahora sí que estaba sorprendida. El enfado se apoderó de mí y empecé a explicarle a la estúpida bibliotecaria que se equivocaba.

-Esta vez no he sido yo, es él el que no se calla- las palabras se amontonaban entre ellas y salían de mi boca a paso rápido.

-Fuera- respondió ella.

-Discúlpenos, somos unos jóvenes sin remedio- el tono cómico del chaval me sacó de mis casillas. Me giré dispuesta a gritarle mientras mi cara se enrojecía cada vez más.

-¡Se acabó, fuera de aquí!-

• • •

Estábamos sentados en el escalón que había en la gran puerta de entrada. Yo seguía cabreada y no miraba a don sonrisa perfecta a la cara. Ni siquiera sabía que hacía allí sentada a su lado.

-Mira el lado bueno- me dijo- has conseguido el libro y ha salido el sol.

Y era verdad.

 

 

 

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